Hurgando entre libros viejos
tristemente abandonados en herméticas cajas de cartón cerradas y selladas como
fuesen a ir a parar a otro recóndito rincón de la casa, me encuentro un pequeño
libro de lectura de mi infancia. “Mi Amigo” de Roberto Vilches Acuña. Lo hojeo
con cariño, casi con ternura mientras mi mente viaja hasta la Escuela Primaria
Nº 5 de Coquimbo, donde conocí mis primeras letras. A sus amplios patios donde
jugabámos las más increíbles pichangas, o las vertiginosas persecuciones
jugando al Paco - ladrón. Las carreras desesperadas para evitar ser “pintado” y
quedar congelado esperando el rescate de un compañero que aparece de la nada. Evoco
mi banco de madera que tiene un orificio para poner un tintero, a pesar que a
esa altura del siglo ya no se usaban estos contenedores de tinta. Recuerdo la
polvorienta pizarra opaca de tanta almohadilla pasada sin sacudir. Como si
estuviese viviendo esos días veo entrar a la sala de clases a un auxiliar que
trae una inmensa tetera llena de leche y va banco por banco llenando los
jarritos de aluminio dispuestos por cada niño en su lugar. Luego saca de una
caja los duros galletones que la escuela
entrega como desayuno para todos. Recorro
las páginas del libro despacio, con la lentitud que se requiere para que los
recuerdos no se atropellen en mi cabeza. Casi con asombro voy revisitando sus
contendidos de quinta preparatoria cuando a la sazón tenía 10 años. Me
encuentro con poesías de Amado Nervo, de Rabindranath Tagore, Lucía Condal,
Juana de Ibarbourou, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Carlos
Pezoa Véliz todas las poesías ilustradas
con las bellas imágenes de Hernán Zamora Leverton. Cada página viene con sus
ejercicios de comprensión de lectura poniendo énfasis en el correcto uso de la
ortografía, ejemplificando cada uno de los pasos que requiere la buena y
correcta lectura. Hay adivinanzas, relatos, historias…Pienso con tristeza ¿en
que parte del camino mi país perdió el norte en la educación? ¿acaso estos no
eran buenos contenidos? ¿no apuntaban a hacer una mejor persona? ¿Por qué no se
fortalecieron estas instancia que dieron buenos resultados? Hoy parece que la
formación de educandos está relegada al pragmatismo, a la inmediatez, al
facilismo digital y cibernético de la rápida respuesta. ¿Sabrán los niños de
hoy quienes son los personajes antes nombrados? Estamos en una época de oscuro
embrutecimiento domiciliario estimulado por Plays Stations , video clips y
redes sociales que a veces no dejan ver el bosque.
viernes, 10 de octubre de 2014
martes, 23 de septiembre de 2014
MI VECINO "EL BAUCHA"
La mañana se instaló luminosa y fresca en las
faldas del cerro de Renca. El macizo atalaya mira desde su silente verdor la
explanada donde viven varios centenares de renquinos. Un enjambre de pájaros
parapetados en el florido aromo, entonan su cristalino y desordenado trinar
matutino. ¿Han visto a mi tío Agustín? Parece silbar con palabras el inquieto
Chincol. A lo lejos una lechuza aletea y abre sus alas en la punta de un gran árbol,
mientras los gorriones arman una zalagarda de padre y madre en la copiosa copa
del árbol.
Mi vecino “El Baucha” detiene el barrido de la
vereda, se apoya en la escoba y alza levemente su rostro para escuchar con mayor atención el lenguaje
musical de las aves. Así permanece unos interminables segundos parando la oreja
para captar con mayor precisión toda esa bella
algarabía. Se acomoda el gorrito de lana celeste tirando a fucsia que
suele ponerse en los días más fríos, acomoda su bufanda del mismo color y
reanuda con lentitud su quehacer de aseo. En un pilar de madera de su pequeño
patio hay un pequeño espejo sujeto por una tachuelas y con una esquina quebrada
donde comienza la ceremonia el afeite diario. Trae su lavatorio, su jabonera,
su hisopo y la vieja máquina de afeitar que coloca sobre el improvisado
peinador. Se aferra una toalla al cinto tal como hacía con los sacos harineros
que usaba en su jornada de trabajo del Matadero de Santiago. No había podido
desterrar esa costumbre aún cuando su vida laboral de matarife había llegado a
su fin varios años a la fecha. Se afeita
con la parsimonia de sus años. Lentamente va rasurando su ajada piel. Tras la
liturgia cotidiana entra en su casa para salir después de una hora
flamantemente vestido de terno café claro, sus zapatos pulcramente lustrados y
su corbata con un vistoso chiche correctamente anudada. Su infaltable bolsita
que lo acompaña siempre. Con paso cansino se dirige al paradero de la 408. El
bus del Transantiago que lo dejará en la parada Cal y Canto de Mapocho. De ahí
a La Vega, su hábitat natural, hay sólo un paso. Es allí donde se siente a sus
anchas rodeado de sus amigos de antaño. Con ellos mata las tardes jugando
cartas y conversando de tiempos idos, cuando la destartalada micro “71 A” San
Pablo pasaba por Bandera hacia el norte y cruzaba el puente Independencia,
doblaba en Borgoño y luego tomaba la calle Maruri hasta Rivera, luego Vivaceta
y frente a calle Gamero tomaba la diagonal Salomón Sack en el corazón de la
Población Juan Antonio Ríos, hasta llegar al borde de la Panamericana Norte y
alcanzar Domingo Santa María. Siempre repletas de gente, recordaba cuando se
subía de un salto para regresar colgando a casa, trayendo víveres y frutas.
Era la época de andar cantando atarrados con el
Nano Núñez en La Viseca por allá por Chuchunco (Estación Central), en El
Matadero, en La Vega, y las interminables noches de “Casas de Tolerancia”
cantando junto al piano de la casa acariciado con destreza por el negro
Palominos. De allí, de esos lugares salió el material que se plasmaron en las
cuecas que escribió con grandes letrones en su cuaderno de composición. Recordaba
con sus amigos aquellos días cuando cantaba en Peñaflor bajo soleados emparronados
bebiendo los deliciosos arreglados de durazno que “El Buey” preparaba con tanto
cariño. Juergas interminables de vida y canto que fueron moldeando esa arcilla
chilenera que lo acompañó siempre…
No era de andar dando lecciones ni llenando de enseñanzas
a nadie, pero era un frondoso árbol que dejaba caer sin pretenderlo los
codiciados frutos de su sabiduría chilenera.
lunes, 8 de septiembre de 2014
EL RUISEÑOR CANTA HASTA MORIR
(HOMENAJE A LUIS HERNAN ARANEDA ORELLANA, “EL BAUCHA”)
En el Santiago de los años treinta, en esa época casi desvanecida en la memoria colectiva de la capital se escuchaba a diario el trinar melodioso de un niño, de un pequeño ruiseñor, que encaramado en el carretón de su padre cantaba a pulmón batiente las canciones que acunaron su infancia. Al grito de: “Sandillas con canto” se promocionaba la venta al menudeo de esta típica delicia chilena por allá por Chuchunco, como se llamaba al sector de la Estación Central y sus alrededores. Los camiones cargados de sandías llegaban hasta la animita de Romualdito, un ícono trágico del barrio en la calle San Borja , y de allí se instalaban a vender la mercadería. “Sandillas con canto” voceaban los caseros mientras el pequeño Luis cantaba entonadamente un variopinto repertorio de tonadas y cuecas. Así fueron sus primeros pasos en el canto. Así creció con ese don único que la divina providencia le prodigó. No le dio riquezas, pero de dio el canto que a la postre le abriría muchas puertas y le daría muchas satisfacciones que le llenaron su corazón de alegría.
Por el canto y gracias a el, ingresó al mítico Matadero de Santiago a trabajar como matarife, profesión que por aquellos días era sólo para elegidos en la imaginería popular de esos tiempos. Era para hombres rudos, valientes y esforzados. La rudeza de las faenas chapoteando en sangre fresca los pies descalzos en las frías madrugadas donde los rudos matarifes cargaban sobre sus hombros la palpitante carne recién sacrificada y la llevaban al hombro de aquí para allá en una jornada febril, vigorosa, llena de un incesante y agotador quehacer que duraba hasta la media tarde. Después había que cumplir con los sagrados códigos de los hombres del Matadero. El mismo buen caldo de patas con ají de la madrugada, el vaso de vino tinto al seco para empezar a conversar, el pebre, la noble marraqueta o la rebanada de tortilla sumergida en el ají en pasta. El canto, la sandunga cotidiana y permanente era parte de la luminosa rutina ,
Una tarde cantando en El Rosedal, una mítica Quinta de Recreo de Gran Avenida se le acercó un hombre y le hizo ver que había perdido mucho tiempo. Que debía estampar su talento en los nostálgicos surcos de los mágicos vinilos de la época. Que lo llamara le dijo. Le dio una tarjeta que Luis guardó en el bolsillo de su paltó. Nunca lo llamó. hasta aquella tibia tarde de septiembre en que iba a la Plaza de Armas a ver al gran Humberto Campos, la primera guitarra de Chile, cuando se reencuentra a boca de jarro con el Sr. Neucelles, el hombre de la tarjeta que era un alto ejecutivo de una compañía disquera y lo insta a visitar en ese mismo momento los estudios de grabación de la empresa. Era la Odeón. Quedó deslumbrado ante tanta comodidad para cantar. Sin pensarlo dos veces reunió a sus compañeros de canto, los contagió de su entusiasmo y nacieron Los Chileneros que plasmaron en un disco el alma cuequera de un Chile auténtico, de lenocinios, veguino con alma de carrilano. Ese Chile atorrante pero genuino. Ese Chile capaz de ser feliz en la adversidad. Ese Chile que hizo sonar con gracia las cucharas, que hizo vistió de luz los diminutos platillos de café en el rítmico tañir cuequero, las sillas de madera terciada que sonaban bellas en la improvisación farrera y madrugadora de las noches de juerga prostibularia. En las sombras desvergonzadas y descaradas de la bohemia mapochina, arrabalera, de los bajos fondos donde la puñalada artera solía salir al baile en la embriaguez insensata. Así se fundía canto y vida en una mágica amalgama de chilenidad.
Después vinieron los desengaños, la inevitable soledad. Estaban solo él y su canto de cara al futuro. Y siguió su camino predestinado imposible de desterrar de su corazón. Nació para cantar cuecas. Era su sangre y su oxigeno. Su razón de vivir. Si no vivía del canto, no vivía sin el canto. Decidido a morir con las botas puestas recorrió un sinnúmero de escenarios derrochando su talento. Hoy su voz se va extinguiendo lentamente sin nada que se pueda hacer. Se aleja de nosotros de a pie. Con paso lento y silente como quien empieza a deshacer el camino andado. Siempre de riguroso terno. Con esa elegancia popular. Con las manos limpias y la mirada ancha con la que nos entregó un pedazo de patria pura y luminosa que destempla la voz en una cueca irrenunciable y fundida a fuego en su corazón renquino. El Baucha es Chile que canta y zapatea cuando quiere y como quiere en el corazón de la patria que lo acoge y lo inscribe con letras de oro en la historia de la música de Chile. Larga vida al gran maestro.
lunes, 25 de agosto de 2014
COCOLICHE
Todo se llenó de colores. La calle Aldunate se vio atestada por una gran cantidad de gente. La esperada fiesta cayó de bruces por todos los rincones de Coquimbo. La challa llenaba las veredas con su nevada carga de alegría. Había pequeños estruendos de guatapiques, estrellitas, petardos y pulguitas. La algarabía era general. Los niños corrían por las aceras esquivando con destreza a las personas y aventando challa al prójimo para contagiarlos de esta felicidad colectiva. Era una fiesta pura. La gente se reunía por las noches en El Empalme en gran cantidad para presenciar una función de cine al aire libre. Un gran telón se había instalado en la terraza de Fala. Charles Chaplin en blanco y negro, hacia reír a carcajadas a la sana concurrencia provinciana que compartía sin exclusiones ni diferencias. No había distinciones. Para los niños de entonces las Fiestas de la primavera con sus maravillosas “farándulas” era el imperdible del año. Los desfiles uno tras uno de Colosos, que eran unos inmensos camiones que acogían en su acoplado la fantasía artística de la juventud expresada en bellas representaciones de hermosas reinas, sirenas, palmeras, y bellas musas saludando pausada y parsimoniosamente a su paso a la gente que colmaba las veredas y que saludaba con sus manos agitadas a los corsos. Un sano bullicio inundaba todo el ambiente. El Bar Santiago estaba repleto de parroquianos que conversaban animadamente las “Pilsen” . La Radio Riquelme transmitía de cuando en cuando y desde sus estudios ubicados al lado de El Empalme todos los pormenores de la tradicional fiesta coquimbana. El “Andes Mar Bus”, que provenía de Santiago tuvo muchas dificultades para estacionar el bus en su oficina - terminal de El Empalme. Carabineros tuvo que disponer de otro sitio para la llegada de los buses. El Club Radical tenia agotada su capacidad para recibir a los comensales que gustaban de la famosa cocina de la tienda política, rica en platos de autentica chilenidad como perniles con papas cocidas y ají rojo en pasta, plateadas a la olla, cocimientos, chupes y otras especialidades. Todo Coquimbo celebraba en las calles. Sin embargo yo había tenido que pagar un alto precio para estar allí. Debí beberme de un sorbo un asqueroso jarabe de bacalao, que mi abuela - mamá Adela aseguraba con toda certeza ser excelente para prevenir todas las enfermedades. Después nos hacia chupar una mitad de naranja para compensar y pasar este momento amargo.
Procurando olvidar el sabor del bacalao, me metí entre las piernas de los de la primera fila. Estaba toda la gente espectante porque se había anunciado que el Coloso donde venía “Cocoliche” estaba próximo a llegar . Nosotros lo esperábamos con inquietud.
"Cocoliche", era un tosco y pintarrajeado muñeco gigante con cara de niño, y una estática sonrisa permanente, Este muñeco itinerante llevaba la alegría a todos los niños de Chile, y su presencia en los nostálgicos clásicos universitarios, ponía esa nota de magia infantil sana e inocente.
Asomé mi cabeza por entre la gente, atento a cualquier maniobra. Pronto vi avanzar entres los Colosos al que traía a Cocoliche. Mis pequeñas manos transpiraban de emoción. Pronto Cocoliche pasaría frente a mi.
No había alcanzado a pensarlo cuando en una gran y calculada reverencia Cocoliche quedó a unos escasos centímetro de mi cara. Un terror inimaginable se apoderó de mi ante la extrema cercanía de esta monumental máscara pintarrajeada e inexpresiva con esa cara de cartón carente de emoción, y sin poder impedirlo salió de mi un monumental grito de horror que descolocó a mis tias que me sujetaban fuertemente de la mano. Después en la inevitable retrospectiva convengo que fue un acto de justicia. No se puede atentar contra la pureza de la infancia creando muñecos tan horripilantes como ese.
martes, 19 de agosto de 2014
LA CALAHUALA
Cruzó con pasos paquidermos el
umbral de la Quinta de Recreo vecina a su casa. Venía cansado después un largo
día de trabajo en su pequeña bodeguita. Ese nefasto día su nieto había sido
aplastado por el portón de su local que se había desprendido de su dintel sin
ninguna explicación. Afortunadamente el niño no sufrió ningún daño en este
episodio. En el lúgubre interior de la Quinta había uno que otro parroquiano
bebiendo vino y mirando con desgano el espectáculo que se ofrecía. El olor a
encierro rancio de vino avinagrado característico de ese sitio inundó su nariz.
El piso de tierra parecía haber absorbido muchos derrames en los excesos
cotidianos. Venía a este sórdido lugar de cuando en cuando a beber una botella
de vino antes de regresar al casa. Se sentó junto a una mesa ataviada de un manchado mantel cuadrillé rojo
y blanco. Su figura regordeta, con suspensores y en mangas de camisa blanca
arremangada, testimoniaban el fin de la jornada laboral. Su calva estaba
perlada de sudor. En el centro de la
mesa había un vaso con servilletas de bordes recortados armoniosamente
dispuestas en forma de cono, un pequeño salero, un dispensario para la mostaza
y uno para el ají. Llamó al desaliñado mozo que vino con indiferencia a
atenderlo. Le ordenó una botella de vino. El joven casi sin mirarlo y haciendo
como que escribía en una mínima comanda se retiro a buscar el encargo. Regresó
con una botella del mosto en una bandeja de aluminio redonda en cuya etiqueta
podía verse la caricatura de un mozo de frac llevando la misma bandeja junto a
la marca Santa Carolina. Tres estrellas coronaban el cielo de su envase. Traía además
un chato y solitario vaso vinero.
Moviéndose por el pasillo que
dejaban las corridas de mesas un artista muy amanerado gesticulaba entornando
arabescas sus manos hacia el cielo, cantaba y giraba grácil de aquí para allá
al son de la cansada guitarra y en sus torpes giros semi ocultaba de momento en
momento su rostro con un abanico desplegado en todo su esplendor. Vestía un
pantalón blanco ajustadísimo a su cuerpo, un camisón hawaiano de seda floreado
anudado en su cintura y calzaba unos mocasines apache de gamuza de esos de media
suela de badana color café mostaza. Se esforzaba en transmitir su energía al
público asistente que miraba sin convencerse de la calidad del número. Mi papá
Miguel recortó un pequeño trozo de servilleta y depositó en él una pizca de
sal. Con maestría hizo un papelillo y tras cartón llamó al desorientado mozo.
Le entregó el diminuto sobre con la orden de entregárselo al artista.
Cuando este lo abrió sus ojos se
llenaron de indignación y dirigiéndose a mi abuelo lo increpó con dureza: ”¡cada
uno hace lo que puede, viejo de mierda!”
lunes, 11 de agosto de 2014
EL QUESO DE CABRA
Tomó entre sus manos el raído
tostador. La iluminada mañana porteña se filtraba por todos los recovecos del
patio de la casa. Sentado en su banco de madera color celeste, golpeó la
desvencijada lata contra el atormentado tronco del durazno que gobernaba
silente el patio de luz. Los pequeños restos carbonizados adheridos a la lata
se diseminaron instantáneos en el breve espacio. Una tenue y lechosa luz
matinal iluminó su rostro en el amanecer del puerto. Los suspensores de cuero
serpenteaban graciosos sobre la barriga de mi abuelo en la curvatura obligada ante
brasero incandescente.
Cogió el menudo queso de cabra y
con una delicadeza y una suavidad sublime cortó dos, tres, o cuatro gruesas y generosas láminas con su
cortaplumas. Los depositó sobre el tostador
mientras murmuraba entonadamente
y en voz baja, una vieja canción victrolera de sus años de juventud … El pan se
tostaba silente en la suave brasa machuelera, changa, portuaria y madrugadora.
La tetera en tanto , coronada
por su hija pequeña, portaba el recién remojado té en ramas, silbaba dulcemente
su natural y transparente alerta vaporosa en la fraternidad del tibio brasero familiar invernal.
El maduro queso de cabra crepitaba
lado y lado sobre el tostador. Mi abuelo lo manipulaba con gran habilidad para dorarlo vuelta y vuelta, hasta
llegar palpitante, glorioso y chirriante
al pan francés calientito recién abierto en dos caras humeantes para
convertirse en el símbolo del desayuno coquimbano. Emparedado con la tostada
enmantequillada , junto al bello tazón de cremopal que tiene estampada en
letras doradas la palabra: “Felicidades” rebosante de té “Sultán” su marca
preferida.
En otras ocasiones una buena
taza de “cocho” semi espesa y humeante coronaba la mesa de esa identidad
coquimbana.
martes, 8 de julio de 2014
SEMBLANZAS DE COQUIMBO
Las calles de Coquimbo ven pasar el progreso al son de su bucólica vida provinciana. En el pasado de mi infancia sesentera los vendedores callejeros de pescado, crucificados por una gruesa vara de la que colgaban sartas de pescada, de pejesapos, de sierras, de lenguados, sartas de cientos de pejerreyes y otros productos del generoso litoral, voceaban su mercadería en los atardeceres por las zigzagueantes calles de las barriadas populares que se empinan hacia los cerros del puerto. Los gritos cantaditos de "Macha y luche" eran una campanada de alerta para las dueñas de casa que salían prontamente al encuentro del casero para aprovisionarse de sus ricos productos del mar. También eran habituales los puestos ambulantes de Sierra ahumada. Estéticamente, Coquimbo es como Valparaíso aunque más chico, miseria incluida.
Hoy el corazón evoca con nostalgia aquel aroma de pan recién salido de "La Espiga de Oro", tradicional panadería hoy inexistente, cuando salíamos de clases de la Escuela Nº 5 de Coquimbo, donde conocimos nuestras primeras letras. También casi enfrente de la escuela estaba la heladería La Alhambra donde los sabores de canela y bocado eran los preferidos de los sedientos niños. Cuando la sirena del Cuerpo de Bomberos de calle Garriga marcaba el mediodía porteño la panadería La Francesa ofrecía sus "Palitos" especie de baguette delgadisimo , largo y crujiente que eran muy apetecidos por los escolares como tentempié antes del almuerzo. Curiosamente el recuerdo más nítido de la infancia es mi primer día de clases en el Kindergarten de esa escuela. Recuerdo que mi profesora se llamaba Dalia.
La calle Aldunate que ha visto de bonanzas y pobrezas es la principal arteria del puerto. En ella estaban las casas comerciales más tradicionales, como La Competidora, el Hotel Ovalle, el Club Radical, La Radio Riquelme, el Bar Santiago, la Farmacia Vera, Rendich Hnos., La Elegante, Oliver, Allen, la zapatería Rex, la Ferretería Silva, cuyas estanterías hiciera mi padre en fierro y que se conservan hasta estos días, el Teatro Nacional, donde por los años sesenta todavía se conservaba esa vieja tradición de las seriales, es decir una película a la que había que seguir semana a semana. Era el esplendor de los nostálgicos años felices. Nosotros íbamos y hablábamos con "El Gato", un amigo de farra de mi papá seguramente, que nos dejaba pasar a Galería. Allí vi El Cid, película que marcó mi mente por muchos años, y que ya mayor he vuelto a ver sin rescatar esa magia de ayer.
También era el lugar de presentación de connotados artistas de la Nueva Ola, movimiento musical chilensis de la época. Este movimiento no deja de tener sus curiosidades y chascarros. Una de ellas era que todos nuestros cantantes adoptaron nombres en inglés. Así estaba Danny Chilean, Larry Wilson, Pat Henry y Los Diablos Azules, Ferrán Alabert, Alan y sus Bates, Sussy Vecchy, Nadia Milton, Alex Alexander, Los Blue Splendors, Peter Rock etc.. Lo gracioso era que por muy gringos que fuesen los nombres, la cara de autóctonos se les notaba, y en algunos casos era tragicómico. El público tenía verdadero fervor por ellos, y su presencia eran sinónimos de conmoción pública. Cuando algún muchachón corría poco o andaba desganado le ponían de sobrenombre Pat Henry, que era una deformación verbal de "pajero", en alusión a que era bueno para masturbarse. Era la época de las "Calcetineras", de los "Coléricos", de los zapatos de color amarillo, con hebilla y punta cuadrada. De la Revista Rincón Juvenil, con la plástica sonrisa de Enrique Guzmán en la engominada portada. Era la época en blanco y negro tan nostálgica y bella.
Uno de los más memorables chascarros de esa época es el que les tocó vivir a Los Red Juniors. Estaba el Teatro Nacional lleno de bote a bote y hasta un perro se había colado a la platea. En la interpretación musical uno de los integrantes, canta una estrofa donde la nota se alargaba con un caprino por varios segundos, y el perro se ponía a aullar como si llorara amargamente. Cada vez que llegaban a la mentada estrofa, el perro aullaba con más vehemencia. Hasta que de la galería no faltó el chango ingenioso que gritó: ¡Cántate una que no se sepa el perro..!. Risotada general y hasta ahí no más llegó el tema, porque hasta los Red Juniors se rieron con ganas.
Así transcurrían los días de nuestra infancia en eterno juego.
Por la tradicional Avenida Aldunate desfilaron las farándulas y corsos estudiantiles clásicos de la época con toda su desbordante magia y alegría . Eran de esas que se hacían en enormes camiones llamados Colosos y se decoraban con gigantescas figuras, que iban haciendo reverencias ante la gente que colmaba las veredas. También recuerdo funciones de cine al aire libre en El Empalme. Por desgracia para nosotros, cada vez que estas funciones se llevaban a cabo, mi mamá Adela (mi abuela materna) nos obligaba a tomar una cucharada de Jarabe de Bacalao, como requisito del permiso para ver la función. Este jarabe debe ser una de las peores cosas que he conocido, aunque se decía que era muy beneficioso para prevenir no se que enfermedades.
"El Club de la Juventud" era el programa radial juvenil de mayor audiencia conducido por la legendaria figura radial coquimbana Juan Ramírez Portilla. En uno de sus programas mi querida prima Angélica, se hizo merecedora a una distinción al crear un poema sobre el Valle de Elqui y ganar legítimamente un concurso de poesía.
Más allá la Iglesia de San Luis con su cruz inclinada debido a un crudo e inusitado invierno, por los años cincuenta, dominaba con rostro serio las calles que atormentadas por sus accidentes geográficos, llegan casi a las orillas del mar. Fui monaguillo de la iglesia y recorrí con temor y curiosidad sus instalaciones completamente, incluidos entretechos, campanario y cúpula. Fue una época de inocencia . También fueron escenario de una infancia feliz la figura del "Canilla Díaz" y otros astros del Coquimbo Unido nuestro equipo de fútbol de gran popularidad por esos días ya que estaba a punto de llenarse de gloria al ascender a la Primera División del Fútbol Profesional. Así lo haría en medio del júbilo colectivo por allá por los sesenta y tantos. Recuerdo que se le ganó al cuadro de Universidad Técnica del Estado por 1 a 0, y Luis Gardella el arquero coquimbano tuvo una actuación sobresaliente.
El entrenador de ese equipo de la Universidad Técnica era don Gracián Miño, que años más tarde sería mi propio director técnico cuando yo estudiaba Publicidad en dicha Universidad y cumplía con mi crédito deportivo obligatorio.
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